miércoles, 17 de diciembre de 2008

Editorial

APROPIARSE DE LO BUENO, UN ACTO REVOLUCIONARIO

Anoche, según se informó, el Palacio Quemado de La Paz , colmado de pueblo humilde y funcionarios, recibió a la orquesta barroca de la chiquitanía, que ejecutó piezas del repertorio barroco regional. Aún antes de la colonia, mas de 600 piezas musicales, entre misas, motetes y música instrumental- que luego se ampliaron durante todo el siglo XIX- fueron compuestas por músicos jesuitas, cuya órden fue expulsada en 1767, y autores anónimos. Las capillas musicales conformadas por originarios violinistas, organistas, clavicordistas, violistas da gamba, flautistas, ejecutores de laud y guitarra barroca, que fabricaban sus propios instrumentos, se afincaron en la chiquitanía para allí quedarse y formar parte hasta hoy del patrimonio artístico y cultural de Bolivia.

Así como la música clásica de origen europeo- entre ellas la barroca, creada a fines del siglo XVII y todo el XVIII- fue concebida para agradar y entretener a reyes, papas, dignatarios eclesiásticos, príncipes y cortesanos, su apropiación por parte del pueblo fue y es un acto revolucionario. Lo mismo ocurrió y ocurre con el barroco de la chiquitanía, que si bien fue introducido por los jesuitas para “rescatar” a los indígenas de sus prácticas ancestrales, les dio nuevas armas para combatir y superar la cultura impuesta. La belleza, como los oprimidos y explotados, aún los músicos que compusieron obras que luego fueron disfrutadas por los privilegiados, no tiene patria. Y le pertenece a la humanidad, fundamentalmente a los que han producido la riqueza del mundo: los trabajadores. Por eso es de trascendental importancia socializar los grandes logros de la humanidad, apropiados por los colonialistas y capitalistas para su exclusivo disfrute, entre las masas populares. Escuchar un huayño andino, cargado de profundidades y sentires solo narrables al calor de la música, y el movimiento de La Primavera de las Cuatro Estaciones del autor veneciano Antonio Vivaldi, desbordado de perfumes y torrenciales luminosidades sónicas, son dichas que deben de una vez por todas ser patrimonio colectivo, popular.

El veneciano Vivaldi, creador de la ópera Moctezuma, estrenada en 1733 en el Teatro San’t Angelo de Venecia, que narra la intromisión sangrienta de los españoles a México y la resistencia de los méxicas a la invasión, fue también un explotado y oprimido de la época. Tuvo que meterse a cura para poder estudiar violín y fue denominado il prete rosso ( el monje rojo) por el color de su cabello y por su rebeldía sanguínea. A contramano de la época, enseñó durante 30 años música a las niñas huérfanas de Venecia en el Ospedale de la Pietá ( Asilo de la Piedad ), formó una orquesta femenina con ellas y murió pobre como una laucha en Viena. Cuando se prohibía a las mujeres cantar en coros y en óperas – por eso se castraba a los jóvenes, para que pudieran emitir la voz aguda de las hoy sopranos en las obras- Vivaldi hizo actuar como soprano en Moctezuma a su compañera y amante, María Geró. Un verdadero rebelde, como tantos otros geniales músicos que debieron poner todo su talento al servicio de los poderosos para no morirse de hambre… y cuando no lo quisieron hacer sucumbieron sin pena ni gloria. La obra de Vivaldi, como la de tantos otros músicos no alcahuetes del poder de aquellas épocas- siglos XVI, XVII y XVIII- recién fueron conocidas en el siglo XX…

Por ello la importancia de hacer conocer al pueblo boliviano, hasta ayer oprimido, explotado, embrutecido y mentido, los códigos hasta ayer selectivos de la belleza engendrada en Europa; las obras de sus hermanos originarios y no originarios de la chiquitanía. Por eso, la entrada de la orquesta de la chiquitanía al Palacio Quemado es homóloga a la entrada de los ponchos rojos, los tarabuqueños, los guaraníes, los aymaras y quechuas, los mineros agotados, los campesinos entierrados, a la vida política, social, cultural, económica y militar de la Revolución.
Un fusil en manos de un explotado es lo que le permite defenderse de las agresiones de los poderosos y de sus armas. Un violín en manos de un explotado es un arma tan poderosa como el fusil, porque su sonido permite asociar mas fácilmente ideas, conceptos, y llegar a las verdades más recónditas. La música hermosa es el alfabeto de los sentidos, quizá el mas profundo de todos ellos. Por eso, la burguesía y la oligarquía, así como se apropiaron y se apropian de las riquezas materiales producidas por otros, se reservaron para sí los sonidos de la belleza, intentando dejarle a los pobres las sobras y desechos de la cultura masiva, enlatada, sin proyección alguna, producida solo para entretener y embrutecer.

Bienvenida, entonces, la revolución!. Bienvenidos los coros, violines, violas da gamba, clavicordios, etc., al Palacio Quemado y a todo el territorio único e indivisible de la Bolivia originaria, obrera, campesina y popular!

Boliv_@r